Edward Said : Perspectivas imperiales. Logotipo diario El Mercurio    
Artículo publicado en el diario el Mercurio, el día 13 de Septiembre de 2003.
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Perspectivas imperiales
Edward W. Said
13 de Septiembre de 2003



Edward W. Said

Edward Said, foto de la BBC Los grandes imperios modernos nunca se han mantenido unidos sólo gracias al poder militar, sino gracias al motor que activa dicho poder, que refuerzan mediante el ejercicio de la dominación, la convicción y la autoridad. Gran Bretaña gobernó los territorios de la India con unos cuantos miles de oficiales coloniales y soldados, muchos de ellos indios. Francia hizo lo mismo en el norte de África e Indochina; los holandeses, en Indonesia; los portugueses y los belgas, en África. El elemento clave es la perspectiva imperial, esa forma de contemplar una realidad distante y extranjera subordinándola a nuestra mirada, viendo a su gente como súbditos cuyo destino no es el que ellos deciden, sino el que consideran mejor unos remotos administradores. Esa perspectiva deliberada produce ideas reales, como la teoría de que el imperialismo es benigno y necesario. En uno de los comentarios más perspicaces que se han escrito sobre la base conceptual que mantiene unidos a los imperios, el extraordinario novelista anglopolaco Joseph Conrad dijo: "La conquista de la tierra, que significa fundamentalmente arrebatársela a quienes tienen una piel diferente o narices algo más chatas que nosotros, no es nada agradable cuando se examina con detalle. Lo único que la redime es la idea. Una idea de fondo; no una pretensión sentimental, sino una idea, y una fe desinteresada en esa idea, algo que podemos crear, ante lo que podemos inclinarnos y a lo que podemos ofrecer sacrificios".

Todos los imperios, incluido el de Estados Unidos, se dicen a sí mismos y al mundo que son distintos de los demás imperios y que su misión no consiste en saquear y dominar, sino en educar y liberar a los pueblos y lugares que gobiernan. Sin embargo, son ideas que no comparten los pueblos gobernados, cuyas opiniones son, en muchos casos, radicalmente opuestas. Pero eso no ha impedido que la maquinaria estadounidense de la información, la estrategia y la política relacionadas con el mundo árabe e islámico imponga sus puntos de vista no sólo a árabes y musulmanes, sino a sus propios ciudadanos.

Varias generaciones de estadounidenses consideran al mundo árabe como un lugar peligroso en el que brotan el terrorismo y el fanatismo religioso, y donde unos clérigos antidemocráticos y violentamente antisemitas inculcan maliciosamente a los jóvenes un antiamericanismo gratuito. En estos casos, la ignorancia se convierte directamente en conocimiento. Lo que no siempre se advierte es que, cuando aparece un dirigente que nos gusta - como el sha de Irán o Anuar el Sadat- , Estados Unidos supone que es un valiente visionario. El hecho de que tanto a Sadat como al sha les sucedieran en el poder unos gobernantes todavía más desagradables no es señal de que teníamos razón, sino de que las distorsiones de las perspectivas imperiales producen distorsiones aún mayores en el Cercano Oriente, que prolongan el sufrimiento y engendran formas extremas de resistencia.

Este es especialmente el caso de los palestinos, de los que ahora se piensa que se han reformado por dejar que los gobierne Mahmud Abbas (Abu Mazen) en vez del vilipendiado Arafat. Pero ésa es una cuestión de interpretación imperial, no una realidad. Israel y Estados Unidos consideran a Arafat un obstáculo para lograr imponer a los palestinos un acuerdo que borrará todas sus reivindicaciones anteriores y representará la victoria definitiva de Israel sobre lo que algunos israelíes denominan su pecado original: haber destruido la sociedad palestina en 1948 y haber dispuesto de la nación de los palestinos, ciudadanos que todavía hoy siguen bajo la ocupación.

Además, ahora existe un grupo palestino independiente y coherente (la Iniciativa Nacional Independiente) que se opone tanto al gobierno de Arafat como a los islamistas, pero que no recibe atención porque los estadounidenses y los israelíes prefieren a un interlocutor complaciente que no pueda causarnos problemas. Así de miope y arrogante es la mirada imperial. Lo malo de tales concepciones es que no ofrecen a los estadounidenses ideas sobre los árabes y musulmanes, sino opiniones sobre cómo les gustaría que fueran. Que un gran país, inmensamente rico, pueda producir una ocupación tan poco preparada como la que se está realizando en Irak es una farsa intelectual, y que un funcionario inteligente como Paul Wolfowitz pueda elaborar políticas tan incompetentes y al mismo tiempo convencer a todo el mundo de que sabe lo que hace es asombroso.

La base de esta particular perspectiva imperial es una antigua concepción orientalista que no deja que los árabes ejerzan su derecho a la autodeterminación nacional y los considera diferentes, incapaces de emplear la lógica, turbulentos y con instintos asesinos. Pero nos hemos acostumbrado tanto a las lisonjas de asesores como Bernard Lewis y Fouad Ajami - que han arrojado su veneno contra los árabes de todas las formas posibles- , que casi pensamos que actuamos como es debido porque los árabes son así. Con el añadido de que además se trata de un dogma israelí que comparten incondicionalmente los neoconservadores del gobierno de Bush. Por todo eso, nos quedan todavía muchos años de confusión y miseria en una zona del mundo en la que uno de los principales problemas es el poder de Estados Unidos. Pero ¿a qué precio, y con qué fin?

"La Nación" de Buenos Aires/GDA. Fragmento.

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28 de septiembre de 2003