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Revista El Sábado
Viernes 17 de Mayo de 2002
Los bulldozers israelíes literalmente dieron vuelta viviendas enteras en Jenín, previniendo de que en sus muros hubiesen bombas escondidas por los milicianos. La ciudad quedó convertida en una cantera y muchos no podían reconocer cuáles eran sus casas.


Jeningrado: Testimonios de la batalla más cruenta del Medio Oriente

Mirko Macari

Texto: Mirko Macari
Fotos: Gamma

Sábado 6 de abril de 2002. Son las nueve y media de la mañana en el campo de refugiados de Jenín y el tiempo queda detenido en el diario de vida de Reem Saleh. Reem es palestina y había celebrado su cumpleaños número 15 sólo tres días antes de que los soldados israelíes entraran a la zona. Su padre le dio como obsequio una lapicera. No sabía que esta se convertiría en su mejor amiga durante las semanas que vendrían.

"Tropas israelíes echaron abajo la puerta de nuestra casa y tomaron las habitaciones. Rompen los muebles y parece que están muy enojados. Se están poniendo pintura negra de camuflaje en la cara. Algunos lucen muy nerviosos y puedo ver el odio en sus ojos. Uno de los soldados nos escupe. Es moreno y parece sefardí; tal vez sea del Yemen. Se llevaron a mi padre a una habitación, usándolo de escudo mientras disparaban afuera por agujeros que hacían en la pared. Cuando uno de ellos entró a la habitación lo tiró todo por el suelo con la culata de su arma. Está todo roto. Nos meten a los 24 familiares en la pieza de tía Sophi. Registran cada objeto de la casa, miran todas nuestras fotos y encuentran el póster de un niño asesinado en Jenín, un mártir; escupen sobre él.

"Hay un afiche de 24 mártires asesinados en Jenín, incluida la sobrina de mi madre, Maria Abu Seriaque. Tenía 10 años. El soldado pregunta a mi padre qué es eso y dice: '¿Yo los maté? Bueno, no importa. Mejor me dices dónde están los otros luchadores de Jenín'. Aún no me puedo creer que estén en mi casa. No siento nada, entumecimiento. Levantamos las manos cuando entraron para que no dispararan. Todo el día se ha oído el sonido de las Kalashnikovs, M-16 y explosiones de los nuestros. Del lado de los israelíes se oyen helicópteros volando por encima de nuestras cabezas durante todo el día. Tengo miedo".

El diario de Reem fue recogido por la periodista Janine di Giovanni. Reem había querido ser siempre profesora o enfermera. Luego de los diez días que duró la ocupación israelí del campo, le confesó a Janine que había cambiado de parecer y prefería convertirse en una mártir suicida más: "Al decir esto empieza a llorar, pero continúa: 'Todas mis amigas quieren serlo. Tal vez, si los israelíes se fueran, podría querer dedicarme a otra cosa".

Entre los israelíes que ella quería que se fueran, seguramente estaba el médico David Zangen. Zangen tiene 43 años, cuatro hijos y es comandante reservista del Tzahal, el ejército judío. En su vida cotidiana es pediatra, pero las circunstancias lo llevaron a combatir en las estrechas callejuelas de Jenín, donde los soldados israelíes vivieron la batalla más cruenta de los últimos veinte años que cobró la vida de 23 de sus hombres. Él mismo estaba apenas a unos metros de la patrulla que cayó en la emboscada de milicianos palestinos, el martes 9 de abril. Sus ojos lo vieron y su boca se lo contó al reportero de guerra del diario El Mundo, Alfonso Rojo, quien lo escribió así: "Habían preparado muy bien la trampa', explica con esa voz suave, firme y tranquilizadora que suelen usar los médicos cuando tienen que dar una mala noticia. 'Los muchachos estaban en una especie de patio en forma de ele y de repente avanzó hacia ellos un tipo con las manos en alto y en actitud de rendirse. Pero al llegar junto a la patrulla, el palestino hizo detonar la carga explosiva adosada a su cuerpo y eso desató explosiones en cadena, a las que se sumaron las ráfagas y los disparos de los milicianos apostados en los tejados y en las ventanas de los edificios. En el primer momento, murieron 10 de los soldados. Los otros 3 eran paramédicos y cayeron cuando intentaban auxiliar a sus compañeros heridos".

Lo que Zangen vio, Reem lo escuchó a través de la radio: "Nos dicen que no nos acerquemos a las ventanas. En las noticias he escuchado que han muerto 13 soldados israelíes en Jenín. No sabemos dónde exactamente, porque hay explosiones todo el tiempo. Los soldados se enfadan mucho y dicen a mi padre: 'Ahora no nos iremos hasta que todos los árabes estén muertos'. Antes de esta guerra yo iba a la escuela. Mis clases acabaron el 29 de marzo, y no he visto a mis amigos Amal y Nurseh desde la invasión. Sólo he sabido que han asesinado al hermano de Amal. Tenía 20 años. No era un luchador de la resistencia".

Zangen relata que el ejército se preparó un par de días antes de entrar en acción. Todos sabían que era peligroso y que sufrirían bajas, pues de ese campo de refugiados provenía gran parte de los hombres-bomba que sembraban el terror en las ciudades judías. De hecho, 72 horas antes un atacante suicida había matado a 28 israelíes. El hombre era de Jenín y esto reforzaba la actitud combativa de los soldados. Napoleón decía que en la guerra tres cuartas partes del éxito están en la moral, y sólo una en la fuerza.

Cuatro días después que Reem, la autora del diario, dejó la escuela, a las dos de la mañana del miércoles 3 de abril, el doctor se ponía uniforme de combate. La Tzahal iniciaba el avance. "Pasábamos casa por casa, sabiendo que en cualquier momento podríamos volar por los aires y tratando de adivinar si la trampa-bomba estaba en el refrigerador, en el auto o en una bolsa de basura. El campo era una ratonera, en la que se habían atrincherado entre 200 y 300 milicianos, incluidos los organizadores de los atentados más sanguinarios de los últimos 18 meses. Una de las cosas que más te sorprendía al entrar era que cada metro de muro, cada pared, estaba tapizada con las fotos de los terroristas suicidas. En varios domicilios encontramos álbumes de fotos, en los que aparecen los hijos de la familia vestidos con chaleco explosivo. En otros lugares del planeta, los niños admiran a los futbolistas; en los sitios como Jenín, los héroes son los fanáticos que han ido a Israel a matar mujeres, niños y civiles en discotecas, restaurantes o autobuses".

Tal como en la casa de Reem.

"Huele a muerte"

Los militantes de los grupos radicales sabían que los israelíes vendrían a Jenín en su búsqueda. Nombres como Mahomoud Tawalbeh, jefe militar de la Yihad Islámica en Jenín, o Jamal Abul Haija, de Hamas, eran los objetivos físicos de los hebreos. Pero ellos no pensaban dejarse atrapar y se prepararon muy bien para hacerles frente. Explosivos instalados en caminos, pasajes y en las grietas de las paredes; francotiradores apostados en las azoteas y hasta una rústica red de túneles para ocultarse, eran la estrategia de resistencia de los milicianos. En la mezquita, estos se juraron morir y llevarse con ellos la mayor cantidad de judíos que pudieran. Algunas versiones dicen que eran 200 hombres; otras que con suerte llegaban a 100. También se les sumaron algunos ciudadanos comunes, que con pistolas y rifles decidieron sumarse a la resistencia contra uno de los ejércitos mejor equipados del mundo. Cerca de la mitad de los 15 mil residentes del campo abandonaron la zona antes de que llegaran las tropas, por lo que cuando estas aparecieron, había ahí menos de dos mil personas.

A medida que los israelíes avanzaban desde los cuatro costados de la ciudad, la resistencia fue retrocediendo hacia el interior del campo. En el repliegue iban escondiéndose de casa en casa y nadie les impidió la entrada. El combate era encarnizado y los civiles estaban atrapados al medio. Un vendedor de verduras contaba que al final del primer día se alojaron en su casa 90 palestinos, muchos desconocidos.

Al segundo día hicieron su aparición los mortíferos helicópteros artillados Apache y Cobra del ejército judío. Apuntaban sus cañones y misiles contra quienes disparaban desde las azoteas.

Pero el arma más efectiva de los israelíes fueron los bulldozer de 45 toneladas. Una docena de estos comenzaron a echar abajo todo lo que fuera concreto, para hacer detonar las bombas ocultas. Testigos dicen que en algunos casos, los habitantes de las casas quedaron enterrados vivos bajo los escombros.

Al cabo de 12 días, la resistencia palestina había sido doblegada: 36 combatientes se rindieron después de disparar toda su munición.

"Jenín fue escenario de horrores que superan el entendimiento humano. Moralmente es repugnante", dijo el enviado especial de la ONU para el Medio Oriente, luego de visitar el campo. Empezaba aquí la otra guerra, la batalla de los mensajes, los adjetivos y los matices, la lucha por moldear la opinión pública. A través de comunicados y desmentidos, de presiones a la prensa, de versiones de testigos oculares, simpatizantes de una y otra causa confirmaban eso de que la política es la continuación de la guerra por otros medios.

Unos afirman que allí hubo crímenes de guerra por parte de Israel: familias enteras sepultadas bajo sus casas, bombardeos sin previo aviso, ejecuciones sumarias de civiles. Prohibición de ingreso de ayuda médica para rescatar heridos civiles, disparos contra ambulancias, palestinos usados como escudos humanos para avanzar contra los milicianos y entierros ilegales de cuerpos envueltos en bolsas negras.

El desfavorable cuadro para los israelíes lo completan tanques aplastando autos, destruyendo las casas, derribando postes de energía eléctrica y pulverizando los depósitos de agua. Ciento cuarenta edificios fueron destruidos y doscientos sufrieron daños severos. Miles de personas sin hogar, niños bebiendo de las alcantarillas, guaguas enfermas porque sus madres les prepararon la leche en polvo con agua sucia recuperada de la calle, donde había cadáveres pudriéndose desde hacía días. Las sospechas antijudías se agravaron con la prohibición de Israel de otorgar libre acceso a toda la prensa. El reportero Fran Sevilla fue uno de los que burló esa disposición para escribir su "Crónica desde el infierno": "Huele a muerte. Un olor acre que inunda el aire y se cuela por las fosas nasales y por la boca para alojarse en la garganta con un picor desagradable y amargo. Horas después ese olor de cuerpos invisibles en descomposición, mezclado con el polvo, permanece sobre la piel y las ropas del periodista, metido en una cavidad indefinible entre el estómago y la memoria. He cubierto ya muchas guerras, he visto muchas muertes, pero nunca había presenciado un paisaje de pesadilla tan brutal como el del campo de refugiados de Jenín, un escenario de barbarie tan angustioso. Resulta imposible saber cuántos muertos ha dejado la invasión israelí en el campo de refugiados de Jenín. Quizás nunca llegue a saberse. Es evidente que hay cadáveres bajo los túmulos de escombros".

Pero en este cara y sello que es el conflicto palestino-israelí, lo evidente depende en qué bando se esté. Los israelíes dicen que sí, que echaron abajo las casas. Pero el ejército asegura que nadie fue enterrado vivo bajo los escombros, ya que alertaba con megáfonos: "No queremos lastimarlos; salgan, que vamos a entrar", decían. "Hace falta al menos media hora para destruir una casa, el tiempo suficiente para evacuarla", señalaba el comunicado oficial.

"Si hubiéramos pretendido causar una masacre o arrasar el campo, habríamos bombardeado con aviones como han hecho los norteamericanos en Afganistán, en lugar de combatir casa por casa", opinaba el comandante Zangen, indignado con lo que calificaba como irresponsabilidad de los medios, que, según él, "dan por buenas todas las historias que difunden los palestinos sin contrastar ninguna... ¿Dónde están los centenares de civiles muertos?, ¿quién ha intentado comprobar si es o no verdad que prohibimos la entrada de ambulancias? ¿Cuántos han hablado con nuestros soldados? Yo combatí en El Líbano y sé que la guerra es horrible. Siempre se comete algún error y murieron civiles en Jenín, pero nosotros no entramos a matar inocentes, sino a luchar contra los terroristas".

Otro soldado apuntalaba eso: "Cada paso suponía jugarte la vida, porque nunca podías saber dónde estaba la trampa, el explosivo o el enemigo con un fusil; si no hubiéramos usado los bulldozers, habríamos perdido a docenas de hermanos". La revista Time comenzó su relato de Jenin, afirmando: "No hubo masacre. De acuerdo a la ONU murieron 54 palestinos y 49 permanecen desaparecidos. Hubo menos muertos en Jenín que los 78 que murieron en Nablus, pero capturó la atención por la amplitud de la destrucción de las propiedades. Y porque murieron meros espectadores civiles. Human Rights Watch publicó su reporte y concluyó que no hubo masacre en el lugar, a pesar de que murieron 22 civiles y que Israel usó fuerza excesiva e indiscriminada durante la operación".

Algunos de estos excesos se han logrado hacer públicos. Uno fue el que relató Ahmad Assad, a cuya casa entraron los soldados el sábado 6 de abril. Luego de registrar los dos pisos, le ordenaron llamar a sus vecinos, los Shalabi, para que salieran a la calle. A los tres hombres, Wadah y Abdel, los hermanos, y Rathi, el padre de 60 años, les dijeron que se quitaran las camisas para revisarlos. Abdel usaba un corset médico para su columna, afajado a la cintura. El oficial pensó que se trataba de un suicida y ordenó abrir fuego. "Dispararon a los tres hombres con ráfagas de sus M-16 desde dos metros de distancia", contaba Ahmad. "Wadah y Abdel cayeron al suelo. Yo también me dejé caer y me hice el muerto. Estaba sobre mi hijo, bañado con su sangre. Comenzaron a discutir, porque se dieron cuenta de que no había amenaza alguna y que se habían dejado llevar por el pánico", culminaba Rathi. Los dos hermanos murieron.

El mismo pánico fue el que presenció el día siguiente Reem Saleh y que también dejó plasmado en su diario: "Han disparado a uno de los soldados israelíes en la casa. Está gravemente herido. Tiene la cara ensangrentada y está gritando. Los otros soldados le han vendado la cara y los brazos, después han puesto un gotero de glucosa a su brazo. Más tarde el soldado llamaba a gritos a su madre. Tengo miedo de que se tomen venganza. Nos gritan en hebreo. La resistencia palestina sigue diciendo 'no nos rendiremos'. El almuecín desde la mezquita sigue cada día pidiendo a los luchadores que resistan".

Es justamente la resistencia palestina en Jenín la que pasó a la historia. Los israelíes decidieron entrar ahí para dar el mensaje de que no habrá piedad con los atacantes suicidas que explotan en barrios civiles. Los palestinos respondieron que los hebreos podían morir en Israel, pero también en Palestina. Y que estaban dispuestos a luchar hasta el último hombre. Jenín ha sido para los palestinos, como Stalingrado para los rusos: un símbolo del espíritu nacional. Y las naciones se fundan sobre mitos. Un general israelí habló de "la Masada palestina", en referencia a los judíos sitiados por invasores romanos en su fortaleza en la cima de una colina, que en el 73 de la era cristiana, eligieron el suicidio en masa antes de la rendición.

La semana pasada se reanudaron los ataques terroristas suicidas. Uno de los atacantes logró hacer detonar su letal carga en un local de juegos, matando a 16 personas. Otro cayó herido al sufrir la explosión prematura del artefacto. En una foto que dio la vuelta al mundo, este aparecía tirado en el piso, mientras lo revisaba el brazo de hierro de un robot accionado a distancia por la policía. Los curiosos que miraban desde lejos igual podían escuchar la potente voz del miliciano, que a pesar de estar herido, no dejaba de gritar a toda voz: "¡Jenín, Jenín!".

De idiotas, incultos y nazis

Lo ocurrido en Jenín no fue tan grave, estimó el gobierno de Estados Unidos, reaccionando ante la negativa de Israel de permitir una comisión investigadora de Naciones Unidas para esclarecer las acusaciones de crímenes de guerra. La medida desató la ira de una serie de naciones, incluida gran parte de Europa. Es que el conflicto del Medio Oriente ha dejado en claro sensibilidades muy distintas entre los aliados de uno y otro lado del Atlántico. Y no sólo a nivel de gobiernos, sino sobre todo de opinión pública y medios de prensa.

En un artículo publicado en New York Observer, el escritor Ron Rosenbaum habló de la misión de "euroidiotas" que habían visitado las palestinas Nablus y Ramalá, en medio de la ocupación israelí: "Los europeos están dispuestos a ser cómplices de nuevo en el asesinato de judíos. Un segundo holocausto se adivina en el horizonte, centrado en la destrucción de Israel, y Europa, patológicamente antisemita, ya se ha colocado del lado de los exterminadores".

Otro columnista de The New York Times calificaba de tontos a los europeos, "por acudir en auxilio de Arafat".

La respuesta no se hizo esperar. En el español diario El País, Ramón Sánchez dio una estocada poco diplomática: "Dada la incultura general de Estados Unidos, donde un alto porcentaje de la población es incapaz de situar a Europa en un mapa o decir qué países la componen, no extraña que extiendan la responsabilidad del holocausto nazi a la mayoría de los europeos que resistieron contra ello. Aquí no elegimos a actores de tercera para presidir los países, ni a otros que detentan un récord de ejecuciones. Aquí la gente se moviliza mayoritariamente contra sujetos como Le Pen; allí, este tipo de personajes se encuentra integrado en las instituciones políticas. Mal favor se hacen los judíos norteamericanos al confundir la crítica del terrorismo de Estado con el antisemitismo, máxime cuando son en gran parte los responsables de que personajes nefastos como Sharon o Bush sean presidentes".



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